Fatiga por Zoom y sus afectaciones a la salud

Pasar de una reunión virtual a otra puede parecer parte normal del trabajo, pero tiene un costo: la fatiga por Zoom provoca cansancio mental, tensión física y dificultad para concentrarse. Reconocerla y cambiar hábitos ayuda a recuperar el equilibrio.

Las videollamadas facilitan la comunicación entre las personas que trabajan a distancia. Hoy es posible reunirse con compañeros, jefes o clientes sin salir de casa y resolver asuntos en minutos. Sin embargo, esta facilidad ha cambiado la forma de trabajar: para muchas personas la jornada transcurre entre reuniones virtuales, notificaciones y una pantalla que apenas deja tiempo para descansar, con el costo de sufrir fatiga por Zoom.

Después de varias horas frente a la computadora es común sentir cansancio, dificultad para concentrarse o irritación. No siempre se trata de falta de descanso o de una jornada pesada, en algunos casos, puede estar relacionado con la fatiga por Zoom, un agotamiento asociado al uso prolongado de las videoconferencias.

Aunque recibe el nombre de una plataforma conocida, este cansancio no es exclusivo de Zoom. Puede aparecer con cualquier herramienta de comunicación por video cuando las reuniones son frecuentes, largas o se realizan sin pausas.

¿Por qué las videollamadas pueden agotarnos?

La Universidad de Stanford ha estudiado las razones por las que las reuniones virtuales pueden resultar más demandantes que las conversaciones presenciales.

En 2021, Jeremy Bailenson, director fundador del Virtual Human Interaction Lab de Stanford, publicó un estudio en la revista Technology, Mind, and Behavior en el que planteó cuatro posibles causas de este agotamiento. Una de ellas es el contacto visual excesivo: durante una videollamada, los rostros aparecen muy cerca y las miradas parecen dirigirse hacia nosotros, provocando una sensación de intensidad social que no experimentamos en una conversación presencial.

Otro factor es la autovigilancia: tener nuestra propia imagen frente a nosotros durante toda la reunión nos lleva a observar cómo nos vemos, nuestros gestos y postura. Atención que puede convertirse en una fuente de incomodidad y cansancio.

También está la limitación del movimiento: para permanecer dentro del encuadre de la cámara, muchas personas procuran mantenerse en una posición fija durante largos periodos. A diferencia de una reunión presencial, donde cambiamos de postura, las videollamadas restringen los movimientos.

El cuarto factor es el mayor esfuerzo para comunicarnos: durante una conversación virtual debemos prestar atención a los rostros, interpretar gestos, seguir los turnos para hablar y adaptarnos a posibles retrasos del audio o interrupciones. Todo esto puede exigir un esfuerzo adicional para mantener la atención.

Cuando el cansancio también se refleja en el cuerpo

El desgaste no se limita a la atención y concentración, permanecer sentado durante varias horas, con poca movilidad, puede provocar molestias físicas. Las más frecuentes son la rigidez muscular, el dolor de espalda y cuello, la tensión en hombros y fatiga visual; además de irritación y sequedad ocular al pasar mucho tiempo mirando la pantalla sin apartar la vista.

A esto se suma el estrés que pueden generar las reuniones consecutivas, la presión por participar constantemente y la sensación de tener que estar disponibles durante toda la jornada.

El problema no es únicamente cuántas horas trabajamos, sino cómo distribuimos ese tiempo y cuánto espacio dejamos para descansar entre una actividad y otra.

¿Qué podemos hacer para reducir la fatiga por Zoom?

No siempre podemos evitar las reuniones virtuales, pero sí modificar algunos hábitos para reducir la fatiga por Zoom. Entre las medidas recomendadas:

Ocultar nuestra propia imagen: desactivar la opción de verse en pantalla ayuda a disminuir la autovigilancia y evita estar pendientes de la apariencia en toda la reunión.

Hacer pausas entre reuniones: levantarse, caminar unos minutos, estirar el cuerpo y descansar la vista permite interrumpir los periodos prolongados frente a la computadora.

Reducir el tamaño de la ventana: no es necesario mantener los rostros ocupando toda la pantalla, ajustar la ventana de la videollamada disminuye la sensación de proximidad y facilita la concentración.

Evitar reuniones innecesarias: antes de convocar a una videollamada conviene preguntarse si es indispensable o si puede resolverse con un mensaje, un correo electrónico o una llamada telefónica.

Permitir reuniones sin cámara: cuando no es necesario mostrar el rostro, apagar la cámara puede reducir el esfuerzo de estar frente a la pantalla y organizar la jornada: dejar espacios entre reuniones, establecer horarios razonables y evitar las sesiones demasiado largas.

El problema también está en nuestra forma de trabajar

La fatiga por Zoom no debe entenderse como una responsabilidad individual. No basta con recomendar a los trabajadores que descansen, se levanten de la silla o apaguen la cámara si las empresas mantienen agendas saturadas y esperan que todos estén disponibles a cualquier hora.

Las organizaciones tienen que revisar sus hábitos de comunicación: convocar a reuniones cuando sean necesarias, establecer objetivos claros, respetar los horarios laborales y permitir pausas durante la jornada.

Una videollamada puede ahorrar tiempo y facilitar decisiones, pero pierde su utilidad cuando se convierte en una obligación permanente. No todas las conversaciones necesitan una reunión, ni todos los asuntos requieren que las personas estén conectadas al mismo tiempo.

La tecnología debe ayudarnos a trabajar y comunicarnos mejor, no convertirse en una exigencia que termine afectando nuestro bienestar.

Estar conectados durante toda la jornada no significa ser más productivos, a veces, lo que necesitamos no es otra reunión, sino unos minutos para levantarnos, descansar la vista y recuperar la concentración. Aprender a desconectarnos también forma parte de una manera más saludable de trabajar.

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