La elección presidencial en Brasil, ganada en segunda vuelta por Lula da Silva frente a Flávio Bolsonaro, candidato de la derecha brasileña, ofrece varias lecturas relevantes para comentar y analizar.
La contienda fue sumamente cerrada y no es para menos. Actualmente, Brasil es una de las diez economías más grandes del mundo, con un Producto Interno Bruto estimado en 2.64 billones de dólares y una población de poco más de 214 millones de habitantes. Su territorio abarca 8.52 millones de kilómetros cuadrados.
La importancia de Brasil como jugador en el nuevo tablero internacional del siglo XXI es innegable. Hablamos de una economía de enorme peso, con abundantes recursos naturales, entre ellos petróleo y minerales estratégicos. Brasil produce el 93% del niobio mundial, un mineral utilizado en aleaciones especiales para industrias como la aeroespacial.
Además, Brasil forma parte de los BRICS, ese bloque de economías emergentes que busca modificar la manera en que se distribuye el poder político y económico en el mundo.
¿Qué significa que Lula haya ganado las elecciones y llegue a un cuarto mandato al frente de la presidencia de Brasil? Mucho en términos de conservación del medio ambiente.
Veamos algunos números.
Durante los distintos gobiernos de Lula, la deforestación de la Amazonia brasileña registró importantes reducciones. En 2002 se registraron 21,650 km² de deforestación. La cifra llegó a 27,772 km² en 2004 y después descendió hasta 7,000 km² en 2010. Entre 2002 y 2010, la reducción fue de 67.7%. No fue inmediata, pero sucedió.
Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, la deforestación alcanzó 10,129 km² en 2019, 10,851 km² en 2020 y un máximo de 13,038 km² en 2021. En 2022 se mantuvo elevada, con 11,594 km². Que en 2022 la Amazonia brasileña hubiera perdido 11,594 kilómetros cuadrados de bosque es algo que debería poner en shock a cualquiera.
Para dimensionar la pérdida sufrida por la Amazonia —solo en Brasil, por cierto—, esa superficie equivale aproximadamente a ¡1.6 millones de canchas de fútbol en un solo año! Sí, solamente en ese año.
Durante el tercer gobierno de Lula, la tasa pasó de 9,064 km² en 2023 a 6,518 km² en 2024 y 5,731 km² en 2025. Entre 2022 y 2025, la reducción fue de 50.6%.
¿Y qué ha pasado con la Amazonia en el último año? Pues mire usted: de acuerdo con el mismo Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), la deforestación registrada entre agosto de 2025 y julio de 2026 fue de 3,335 km². Esto representa una reducción de 41.8% respecto al periodo anterior y la cifra más baja de toda la serie histórica, que comenzó en 1988.
Esta información procede del INPE, organismo público federal que depende del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación del gobierno brasileño.
Es necesario reconocer que el gobierno de Lula ha impulsado diferentes acciones para frenar el avance de la pérdida de masa forestal en este importante pulmón del planeta.
Primero, en 2004 se creó un plan federal contra la deforestación que integró monitoreo satelital, fiscalización, ordenamiento territorial y políticas de producción sostenible. Fue una pieza central de la reducción de la tala durante la segunda mitad de aquella década.
En 2008 se creó el Fondo Amazonia, un instrumento de financiamiento para proyectos de prevención y combate a la deforestación, conservación y uso sostenible del bosque. Su primera etapa estuvo ligada a la reducción de emisiones derivadas de la deforestación.
También se fortaleció la fiscalización y se amplió la superficie de las áreas protegidas. La estrategia combinó operativos contra la tala ilegal, vigilancia satelital y ordenamiento territorial. La reducción de la deforestación fue también producto de una mayor capacidad para detectar y sancionar actividades ilegales.
Es necesario recordar que la Amazonia se deforesta no solo para obtener maderas preciosas, sino también para ampliar la frontera de producción ganadera y agrícola. Brasil es, además, un importante exportador de alimentos para los mercados internacionales, particularmente los asiáticos.
Durante el gobierno de Jair Bolsonaro se debilitaron las políticas destinadas a frenar el deterioro de la Amazonia. Se suspendió el funcionamiento del Fondo Amazonia y se debilitó la estructura institucional de combate a la deforestación, en un periodo en el que las tasas de pérdida forestal aumentaron.
La Amazonia es mucho más que la mayor selva tropical del planeta: es uno de los grandes reservorios de biodiversidad de la Tierra. Alberga alrededor del 10% de todas las especies conocidas de plantas y animales. Además, es un ecosistema compartido por ocho países soberanos y la Guayana Francesa.
La gestión de esta selva es desafiante porque cada país la administra de acuerdo con sus propios intereses y capacidades. Lo cierto es que Brasil concentra aproximadamente el 62% del bioma amazónico en su territorio.
Ahora bien, Lula llega a su cuarto mandato con una responsabilidad enorme en favor de su conservación, que resulta fundamental para el equilibrio climático, la biodiversidad y la propia viabilidad de Brasil como productor de alimentos.
Desde hace algunos años, distintas voces de la comunidad científica han alertado que el deterioro de la selva amazónica podría conducirla a un punto de no retorno. ¿Qué significa esto? Simplemente, que la selva pierda parte de su capacidad para sostenerse como ecosistema y comience un proceso de transformación hacia paisajes más abiertos y secos, con vegetación similar a la de las sabanas.
El mecanismo que ha permitido a la Amazonia existir como selva durante millones de años es fascinante: el bosque ayuda a producir las condiciones de humedad que necesita para seguir existiendo. Es un sistema que, en buena medida, contribuye a mantener su propio clima.
Se trata de una interacción entre el bosque, el agua, el suelo, la atmósfera y los vientos. Solo que ese equilibrio puede debilitarse cuando desaparece demasiada vegetación.
El mecanismo es maravillosamente simple. La vegetación libera humedad al aire mediante la evapotranspiración. El agua procede del suelo y es absorbida por las raíces de los árboles. El aire húmedo asciende y se enfría; entonces, el vapor se condensa en pequeñas gotas que contribuyen a formar nubes. Los vientos transportan esa humedad y parte de ella vuelve a caer como lluvia, incluso lejos de donde se evaporó.
La lluvia alimenta el suelo, los ríos y los árboles; los árboles liberan más vapor y el sistema recicla el agua una y otra vez, millones de veces. La deforestación puede debilitar el mismo sistema que mantiene viva a la selva. Cuando se tala el bosque para abrir pastizales o cultivos, disminuye la cantidad de agua que regresa a la atmósfera.
Con menos agua disponible, los árboles sufren estrés hídrico. Si pierden capacidad de transpirar, el aire se seca aún más. La vegetación seca arde con mayor facilidad. Los incendios destruyen árboles y degradan el bosque, debilitando todavía más su capacidad de reciclar humedad.
Por eso no son exageradas las voces de la ciencia que llaman a detener la deforestación de la selva, so pena de continuar talando tantos árboles y destruyendo extensiones tan grandes de terreno que la Amazonia termine cruzando un punto de inflexión ecológico desapareciendo las condiciones climáticas necesarias para sostener una selva tropical como la actual.
Recuperar el bosque original sería extraordinariamente difícil, porque el sistema habría perdido parte de los mecanismos que le permitían mantenerse húmedo. Esto Lula lo entiende muy bien. Esperemos que la Amazonia siga en buenas manos, por el bien de Brasil, de Sudamérica y de todas y todos.
Al tiempo.
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