No quisiera que
esta contribución sonara catastrofista, pero la evidencia está a la vista de
todos. Lo que ocurre cada año en el oriente de la Ciudad de México no puede
atribuirse únicamente a la basura acumulada en las calles o a la falta de
desazolve del drenaje. Es consecuencia, sobre todo, de un modelo de desarrollo
urbano que apostó por desecar deliberadamente el otrora majestuoso sistema
lacustre del Valle de México.
Cinco grandes
lagos fueron aprovechados de manera sostenible por mexicas, texcocanos,
chalcas, xochimilcas, tepanecas y culhuas. Mucho antes también lo hicieron
pueblos como los olmecas xicalancas e, incluso, los teotihuacanos.
En su máxima
extensión, el gran Lago de Texcoco cubrió más de 2,000 kilómetros cuadrados.
Tal vez esa cifra resulte difícil de imaginar. Permítame ponerla en
perspectiva: la distancia aproximada entre su extremo norte, cerca de
Tequixquiac, y su límite sur, en San Antonio Tecómitl, Milpa Alta, era de
alrededor de 75 kilómetros. ¿Poca cosa? Es prácticamente la longitud del Lago
de Chapala.
Su profundidad
promedio rondaba los cinco metros y podía almacenar cerca de 5 mil millones
de metros cúbicos de agua. Para dimensionar esa cantidad, basta recordar
que la Ciudad de México consume aproximadamente mil millones de metros
cúbicos de agua al año. En otras palabras, el antiguo lago podía contener
agua suficiente para abastecer a la capital durante cerca de cinco años.
Es cierto que
buena parte de sus aguas eran salobres y no aptas para consumo humano. Pero
también existían extensas zonas de agua dulce alimentadas por una red de ríos
que hoy prácticamente ha desaparecido.
Resulta
impresionante comprender la magnitud del desastre ambiental que implicó
expulsar el agua del lago, acelerar artificialmente su desecación y pavimentar
gran parte de su superficie. Una catástrofe de la que se habla poco y cuyas
consecuencias hoy padecen millones de personas.
¿Por qué
pensamos que podemos domar a la naturaleza? La soberbia humana está detrás de
esa idea. Si no podemos controlar volcanes, huracanes, terremotos o tormentas,
¿qué nos hace creer que podremos sostener indefinidamente esta neurótica
relación con el agua?
Mientras pasan
los años, la ciudad continúa hundiéndose. Lo hace porque extraemos agua del
subsuelo para abastecer a millones de habitantes y, al mismo tiempo, impedimos
que el agua de lluvia se infiltre al cubrir el suelo con concreto y asfalto.
Ese fenómeno tiene nombre: subsidencia.
Pero el
hundimiento tampoco ocurre de manera uniforme. Investigaciones del Instituto de
Geología de la UNAM muestran que existen zonas que se hunden hasta 40
centímetros por año. Eso significa que algunas colonias del oriente de la
ciudad podrían encontrarse cuatro metros más abajo en apenas una década.
Las
consecuencias son visibles: viviendas fracturadas, infraestructura dañada,
vialidades deformadas, las conocidas "jorobas" de la autopista
México-Puebla y afectaciones permanentes a la Línea A del Metro.
No
sobrediagnostiquemos un problema que todos conocemos: la Ciudad de México se
hunde inexorablemente. La verdadera pregunta es otra: ¿qué vamos a hacer de
fondo?
Las lluvias de
este inicio de verano son apenas un anticipo de lo que diversos modelos
climáticos vienen anunciando desde hace años. Agosto y septiembre podrían traer
precipitaciones extraordinarias, con consecuencias particularmente graves para
miles de familias de Chalco, Valle de Chalco, Ixtapaluca, Nezahualcóyotl,
Tláhuac y buena parte del oriente metropolitano.


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