La tecnología no siempre llega haciendo ruido; no siempre viene en forma de un teléfono nuevo, una computadora más rápida o una pantalla con mejor resolución. A veces ocurre lo contrario: funciona tan bien y está tan integrada a nuestra rutina que dejamos de verla.
Pedimos una canción con la voz, el celular nos reconoce la cara, el banco nos permite transferir dinero en segundos, un reloj registra nuestros movimientos, una aplicación nos recomienda qué escuchar, qué comprar o qué ruta tomar.
No pensamos demasiado en todo lo que ocurre detrás, simplemente funciona. Esa es una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo: la tecnología deja de sentirse como una herramienta y es parte del entorno.
La llamada tecnología invisible busca precisamente eso, que no tengamos que aprender demasiados comandos, buscar opciones en menús o entender qué sucede detrás de cada operación. La interacción puede hacerse mediante la voz, un gesto, un movimiento o incluso de manera automática.
Los asistentes de voz son un ejemplo sencillo, pueden responder preguntas, hacer llamadas, poner música o controlar dispositivos del hogar. Las aplicaciones bancarias han hecho algo parecido: muchas operaciones que antes requerían acudir a una sucursal ahora se resuelven desde el teléfono.
En ambos casos hay una enorme complejidad técnica detrás de algo que para nosotros parece sencillo. Y esa sencillez tiene un valor enorme: si una persona puede realizar una tarea sin tener que descifrar cómo funciona el sistema, la experiencia mejora.
Esto también puede tener un impacto importante en el trabajo, automatizar tareas repetitivas permite ahorrar tiempo y reducir errores. Y en materia de accesibilidad, utilizar la voz en lugar de un teclado o una pantalla puede facilitar el acceso a determinados servicios para personas con distintas necesidades.
El problema aparece cuando la tecnología se vuelve tan cómoda que dejamos de preguntarnos qué está haciendo, porque para que un sistema pueda reconocernos, recomendarnos algo, anticipar una necesidad o automatizar una decisión necesita información. Nuestra voz, ubicación, hábitos de consumo, movimientos, preferencias e incluso determinados datos biométricos pueden formar parte de ese proceso.
La pregunta entonces deja de ser solamente qué puede hacer la tecnología, sino ¿qué sabe de nosotros para poder hacerlo? Y hay otra más importante: ¿qué decisiones estamos dejando en sus manos?
Una aplicación puede decirnos qué ruta tomar, un sistema puede evaluar una solicitud de crédito, un algoritmo puede ayudar a seleccionar candidatos para un empleo, una plataforma puede decidir qué contenido aparece primero. En todos estos casos, la automatización puede ser útil, pero que una decisión sea automática no significa que sea neutral, ni que sea necesariamente correcta.
¿Qué datos recopila? ¿Para qué los necesita? ¿Durante cuánto tiempo los conserva? ¿Quién puede utilizarlos? ¿Podemos negarnos? ¿Podemos corregir una decisión tomada por un sistema? Son preguntas poco atractivas frente a la promesa de una tecnología que lo hace todo por nosotros, pero son las que importan cuando la tecnología empieza a formar parte de decisiones que afectan nuestra vida.
La tecnología invisible puede hacer más sencillos los servicios, facilitar la vida y abrir oportunidades para personas que antes encontraban barreras en determinadas herramientas. Pero no deberíamos confundir facilidad con libertad.
Tal vez el futuro no consista en tener más pantallas, sino en necesitar menos de ellas. Si la tecnología va a estar cada vez más presente sin que podamos verla, tendremos que aprender a mirar con atención aquello que funciona sin que lo notemos, porque una tecnología puede ser invisible para nuestros ojos pero no debería serlo para nuestro criterio.


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