Clima: la factura que el planeta ya nos está cobrando

Desprendimientos de glaciares, olas de calor e incendios salvajes son apenas tres facetas del cambio climático, que afecta a todos por igual: personas, animales y ecosistemas. Hay dos facturas que ya están presentes: la humana, que se cifra en vidas, y la económica, que se cuenta en cientos de miles de millones de dólares. La reciente riada en la frontera entre Nepal y China es apenas la punta del iceberg, a menos que estemos frente a algo más profundo y aterrador.

La realidad es tremenda, y hay que decirlo con todas sus letras, pero también más allá de los catastrofismos, porqué esta columna se escribe desde una región relativamente estable, no significa que en el resto del mundo no estén ocurriendo eventos que parecen sacados de la ficción. Y es importante señalarlo porque la siguiente etapa después del diagnóstico es la adaptación.

Lo ocurrido el miércoles 26 de agosto en Nepal no es casual, no es el primer evento de esta naturaleza y, probablemente, tampoco será el último. Es cierto que los derrumbes, deslaves, lahares y avalanchas asociados a terrenos montañosos siempre han existido. Sin embargo, el evento reciente debe estudiarse por separado, dada su propia naturaleza y dinámica.

Lo que al inicio se pensó que podía haber sido provocado por un temblor fue cambiando rápidamente de hipótesis cuando los investigadores determinaron que el movimiento sísmico registrado estaba asociado al propio desprendimiento de una enorme masa de hielo y roca, y no necesariamente era su causa.

El sitio en cuestión, Langtang Lirung, en el Himalaya de Nepal, cerca de la frontera con China, es una zona de montañas escarpadas, barrancos y acantilados, con ríos que tienen su origen precisamente en el deshielo de la nieve y glaciares de las cimas.

¿Sucedió lo impensable? La comunidad científica lleva años advirtiendo sobre esta posibilidad. El aumento global de las temperaturas está provocando el retroceso de los glaciares y alterando la estabilidad de las montañas. También está descongelando el permafrost: esa mezcla de suelo, hielo y materia orgánica que durante siglos se ha mantenido unida gracias al congelamiento. Cuando aumenta la temperatura, esa estructura pierde estabilidad.

En Langtang Lirung, una enorme masa de hielo y roca se desprendió de la montaña y descendió por la ladera, arrastrando rocas, árboles y todo lo que encontró a su paso. La masa cayó aproximadamente 1,200 metros hasta el fondo del valle. El flujo de escombros alcanzó velocidades estimadas de alrededor de 52 metros por segundo, unos 187 kilómetros por hora.

El material impactó el sistema del río Lhende Khola, generando una enorme descarga de agua, lodo y sedimentos que avanzó por el valle y destruyó infraestructura, puentes y edificaciones. La velocidad y la energía del fenómeno dejaron poco margen para reaccionar.

Las cifras de víctimas continúan cambiando mientras avanzan las labores de rescate. A 30 de agosto, las autoridades reportaban cerca de 800 personas fallecidas entre Nepal y China y más de 3,000 desaparecidas. El desastre afectó a decenas de miles de personas y dejó una enorme destrucción de infraestructura.

Este suceso no es único. También se han registrado eventos de naturaleza semejante en Europa y Asia.

Recordará usted que el pueblo de Blatten, en Suiza, fue prácticamente sepultado en 2025 por el colapso de una enorme masa de hielo y roca asociada al glaciar Birch. Se evidencia que ni los Alpes o sus habitantes, por muy alto que sea su PIB per cápita, tampoco se salvan del cambio climático.

En 2021, en la región india de Chamoli, Uttarakhand, una enorme avalancha de roca y hielo desencadenó una devastadora inundación que provocó más de 200 muertes y destruyó infraestructura hidroeléctrica. En 2023, también en India, la ruptura del lago glaciar South Lhonak provocó una inundación de enormes proporciones: decenas de personas murieron, numerosos puentes fueron destruidos y la central hidroeléctrica Teesta III quedó severamente afectada.

En 2017, en Pizzo Cengalo, Suiza, se desprendieron aproximadamente 3.1 millones de metros cúbicos de roca. La montaña literalmente se vino abajo.

Lamentablemente, veremos más eventos de esta naturaleza con el paso de los años. Ya no hay espacio para la sorpresa. Pero está también la otra cara de la moneda: los decesos asociados a las fuertes olas de calor, que son cada vez más frecuentes, intensas y prolongadas.

Es cierto: la primavera, por lo menos en México, siempre ha traído días muy calurosos. La canícula, como se le conoce desde hace muchas generaciones, también se caracteriza por traer algunos de los días más calientes y secos del año.

Pero lo que se tiene registrado y medido no es solamente que haya días más calurosos. Es que las temporadas de calor se están extendiendo y que los episodios extremos están alcanzando temperaturas inéditas. Ya no hablamos únicamente de dos o tres días de calor intenso, sino de olas que pueden prolongarse durante semanas.

Mire usted, en junio de este año amplias zonas de Europa registraron 40 °C o más. Junio de 2026 fue el junio más cálido registrado en Europa occidental. En Barcelona, el observatorio Fabra registró 40.5 °C el 8 de julio, la temperatura más alta registrada en más de un siglo de observaciones.

En India, las temperaturas superaron los 45 °C en amplias regiones durante las olas de calor de este año, y algunas zonas rebasaron los 48 °C. Estos números, según investigadores de la Universidad de California, Berkeley, les llevaron a estimar que un solo día de calor extremo en India podría estar asociado con unas 3,400 muertes excedentes, y que un episodio de cinco días podría alcanzar cerca de 30,000 muertes excedentes.

La situación de Europa es igualmente preocupante. Las construcciones antiguas, diseñadas para conservar calor durante los inviernos, pueden convertirse en verdaderas trampas térmicas durante una ola de calor. Las paredes y los techos almacenan energía durante el día y pueden mantener temperaturas elevadas durante la noche. Cuando el cuerpo no puede recuperarse del calor durante las horas nocturnas, aumenta el estrés fisiológico. Las enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales pueden agravarse y contribuir a un incremento importante de la mortalidad.

Los registros de 2026 para Europa son demoledores. Las cuatro olas de calor consecutivas registradas durante el verano ya están asociadas con al menos 35,000 muertes excedentes, de acuerdo con estimaciones preliminares. La cifra probablemente aumentará conforme se incorporen los datos completos de agosto.

¿Qué podemos decir de los incendios forestales? Mucho, aunque el espacio de esta columna no será suficiente.

Las cámaras nos mostraron llamas voraces llegando a las afueras de Madrid. El fuego que devoró localidades en España y Francia, así como los incendios en Canadá, recibieron enorme atención mediática. Pero los incendios que simultáneamente están ocurriendo en África hacen palidecer las cifras europeas. En África se habían quemado aproximadamente 61.8 millones de hectáreas hasta principios de agosto, cerca del 55% de toda la superficie quemada registrada en el planeta durante ese periodo.

La factura es humana y económica, y el planeta no va a esperar al año 2300 para cobrarla, ya lo está haciendo.

De acuerdo con Gallagher Re, una de las grandes empresas mundiales de reaseguro y gestión de riesgos, los fenómenos meteorológicos y climáticos provocaron aproximadamente 277 mil millones de dólares en pérdidas económicas durante 2025. Durante el primer semestre de 2026, las pérdidas económicas por catástrofes naturales alcanzaron aproximadamente 142 mil millones de dólares.

Más allá de buscar analogías entre lo que está sucediendo en el mundo y el guion de las películas apocalípticas, deberíamos reconocer que el desafío es de inteligencia, de prevención y de voluntad. Podemos seguir esperando a que cada desastre ocurra para después contar los muertos y calcular los daños, o podemos utilizar la ciencia para anticiparnos, adaptar nuestras ciudades y proteger aquello que todavía podemos proteger. El planeta seguirá aquí, pero ¿Y todo lo demás? ¿A qué costo?

Pedro Núñez Mendoza es Economista por la Facultad de Economía de la UNAM, Maestro en Políticas Públicas por el ITESM campus CDMX, también cuenta con una Especialidad en Política Energética y Gestión Medioambiental por FLACSO-México.

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